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 Cenizas del mediodía
de 
Carlos Barbarito
Premio Praxis de Poesía, 2009
 jurados: Daniela Camacho, Saúl Ibargoyen y Juan Antonio Rosado Zacarías. 



Ficha Técnica
Autor: Barbarito, Carlos
Título: Cenizas del mediodía
Editorial:  Praxis
Lugar de Edición: México D. F: 
Año: 2010. 
Páginas 35
Fotografía de portada: Sergio Bonzón
Diseño de portada: Javier Muñoz Nájera. 
Formato: Edición Digital en pdf.


Sólo la mirada del poeta percibe las realidades tras la realidad. No busca: descubre y encuentra. Su arte no es el del prestidigitador (evoco aquí la crítica que Alejo Carpentier formuló contra los surrealistas, muchos de los cuales, ya lejos de la poesía, se dedicaron a buscar “encuentros fortuitos” —con Lautréamont como modelo—, de forma mecánica, como el artesano que repite doscientas veces un modelo con escasas variantes). El arte, en cambio, es único, insustituible. Desde la subjetividad donde se aloja un mundo, emerge la palabra esencial que nombra objetos, emociones, tiempos, personas: el universo conocido e imaginario como no se había nombrado antes. ¿Dónde radica la poesía? En todos lados y en ninguno. Es el poeta quien la descubre y a veces la expresa, ya sea por escrito, ya en la misma contemplación. La poesía se capta, se siente, se atestigua. Luego se expresa con las limitadas e inexactas palabras. Cuando se ha ejecutado esta última operación, la poesía viaja a través del oído porque no fue concebida para leerse, sino para ser escuchada. Por ello nació y creció con la música.
    

Entre los poetas argentinos actuales, Carlos Barbarito (1955), autor de más de veinte libros, es uno de los testigos de la poesía. Desde el mundo alojado en su subjetividad, emerge la voluntad de expresarlo por escrito. Su último poemario, Cenizas del mediodía, publicado recientemente en México, se inicia con una despedida: “Adiós a un sueño, no se hace / en la piedra el Paraíso, no hay espacio para el fruto”. Los versos se resisten a proporcionarnos un sentido unívoco en las imágenes y elementos que se aglutinan como símbolos de lo que fue y ya no es: “Adiós al pan, al sabor de otra boca / en la boca propia” o “Adiós a la topografía, al número primo, / a la balanza, a la señal en el cielo o la tierra”. El yo lírico se dirige a un tú, a un otro ausente, a quien —si viera su rostro— lo creería mancha, error de un supuesto Plan. Las cenizas se expanden y poco a poco el lector va uniendo cabos: “Todo comienza cuando no hay perdón”, pero también cuando no queda follaje y “sólo nos miran los animales, las estrellas”.
    
La aguja en lugar del abrazo... y la dulzura como imposible. ¿Qué somos finalmente? “Cenizas de un fuego antiguo / y anónimo”. El poeta, como Orfeo, habla y pregunta hacia el dominio de lo subterráneo para rencontrar al otro, pero sólo le responde el consuelo, “que vale menos que una hoja seca”. Los poemas, en general, son las imágenes desde una conciencia cuya lengua, extranjera, traduce la acumulación de cenizas del mundo. Y entonces, el árbol sombrío, ¿cobija acaso la inocencia, la “santidad”? La violencia irrumpe en la ciudad y causa división. El tiempo y el movimiento acuden al vacío y surge un lenguaje que conocen los raros animales, los muertos y el poeta. Tal vez este último y el niño sean los únicos que se extravían en el agua, pero hay una diferencia: el primero “se cierra con su secreto”, mientras que el segundo lo entrega cifrado, ambiguo, múltiple: la realidad tras la realidad, ¿es acaso la ceniza? Este elemento es quizá símbolo de la muerte sin fin que segundo a segundo experimenta la conciencia. Carlos Barbarito nos introduce en una galería donde representa esa conciencia porque sus sentidos no le alcanzan para saber “qué nos mata / o nos salva, cuál es el destino real del largo viaje”. Ante el misterio, el abismo se ensancha y la palabra es también insuficiente. Incluso “quien almuerza en el perfecto festín / invoca a las cenizas”.
    
Para Henry Miller, el escritor nunca es dueño del sentido total de sus creaciones: “El punto de vista del autor —afirma— es sólo uno entre muchos, y la idea del significado de su propio trabajo se pierde entre el oleaje de otras voces. ¿Conoce él realmente el sentido de su propia obra como cree? Yo más bien creo que no”. En su conjunto, el poemario de Barbarito aspira a ser releído: no nos otorga todo su sentido (¿qué buena obra literaria lo hace?); es susceptible de distintas interpretaciones y ahí radica la complejidad de su partitura.

Juan Antonio Rosado


La orilla desierta, de Carlos Barbarito
Barbarito, Carlos. La orilla desierta. San José de Costa Rica: Andrómeda, 2003. Muestra gráfica de Fabio Herrera. 


Probamos un gran pesimismo en cierta poesía de hoy. Pero cuando no es posible flirtear con ideas de celebración, como lo pudo haber hecho Walt Whitman o Saint John Perse, el oficio del poeta enfrentado a su realidad se torna más oscuro y difícil cuanto más coherente. 

Tal es el caso de Carlos Barbarito, cuya obra, de un tono bíblico peculiar, no tiene, sin embargo, los consuelos del poeta de los Salmos.

El ojo de Barbarito, fragmentado en visiones como espejos rotos, solo está en capacidad de rendir cuentas de lo que percibe: un caos de cosas sin meta en el universo. A veces hay belleza, pero en contraste con una atmósfera trágica que es la res extensa del mundo, su fundamento y argamasa. Oprime en sus versos un materialismo fatalista que expresa la idea incurable del deterioro cosmológico, no como crueldad del tiempo, sino como mácula de nuestra propia existencia.

Materia de la poesía de Barbarito es la desilusión, pero una desilusión tratada sin solemnidad, ni filosofía. El poeta argentino traduce de la cotidianidad el tono específico de toda una época. Le bastan los elementos más simples para hacerlo: "Y el aire y el agua se empobrecen, pierden altura y medida..." Una recuento sensorial y doloroso acaba por llevar al creador a una búsqueda sin asidero: "Golpeo y no hay respuesta, / manos y manos, manchadas de musgo, / hollín y herrumbre." Por doquier la impureza es signo visible de la civilización que ha oscurecido y desacralizado el mundo. La culpa entreteje toda la naturaleza y le confiere esa textura de intensa corrupción humana.

Barbarito, en consonancia con la tradición poética de que el hombre y la mujer se han perdido a sí mismos, es el cantor melancólico de cómo esa pérdida se percibe en cada acto y expresión viva del entorno. Vientos que barren cenizas, frutos perforados, mujeres que orinan sustancias de miedo, el deseo sin pellejo, el amor cercado... ¡La vida vive una pesadilla y todo es engranaje de una equivocación desastrosa!

Con toda esa desesperanza, el verso de Barbarito es consistente: no se refocila en el dolor como el de Vallejo, sino que lucha contra su propia perplejidad, buscando empecinado la misma claridad secreta que arrojan, tal vez, las preguntas impotentes que le lanzamos a "ese error instalado en el mundo".

Guillermo Fernández

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