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Falla en el instante puro
 de 
Carlos Barbarito


Ficha Técnica: 

Editorial: Botella al mar
Lugar de Edición: Buenos Aires
Año de Edición: 2016)
Diseño: Laura Dubrovsky
Producción gráfica e impresión: Bauhaus gráfica, Buenos Aires.
Fotografías: Liliana Gelman y María de la Vega.





PRESENTACIÓN



Cierto amanecer con árboles, nidos y trinos. Un eclipse total de sol, raras sombras de hojas en el suelo. Una tormenta en pleno Mar del Norte, al fondo, entre los olas y la bruma, Rotterdam. Sucedidos, hace largo tiempo, los dos primeros en la infancia. Instantes puros, sí, pero para describirlos –esto lo percibió Virginia Woolf desde temprano- sólo contamos con las palabras para expresar esos raros instantes. Y las palabras –otra vez Virginia Woolf- significan poco para los amantes –que al creer en el amor viven en el mundo real- y nada ante el esfuerzo del caracol que se desliza bajo las nervaduras de una hoja. Contamos con las palabras. Los materiales que usamos para nuestro oficio son las palabras. Y la esperanza, amigos, es fracasar mejor. Un viejo amigo poeta me dijo alguna vez que los episodios más importantes de nuestra vida no pueden ser contados con palabras. ¿Entonces? ¿Cómo contar esos escasos momentos ante los cuales dependemos puro y exclusivamente de las palabras que tropiezan y caen ante el abrazo de los amantes y la criatura que se desliza gracias a su baba? Lo pensé tantas veces: debajo de la música, de la pintura, muy abajo, este oficio a tientas, cargado de temblores, que naufraga a menudo. Y también me pregunté: ¿tal vez haya una salida en el balbuceo, en el delirio, en lo descabellado? O, quizás, ¿en una nostalgia por un estado supuestamente perdido o una esperanza en un reino supuestamente futuro? Sí, estoy seguro que hubo momentos puros, unos cuantos, no muchos, en mi vida. Este libro trata de expresarlos con palabras que resultan, en el mejor de los casos, aproximaciones y, en el peor, espejismos. Y, también, de dar cuenta de aquello que –mientras el niño que fui oía con asombro el canto de los pájaros y miraba con más asombro todavía las formas surgidas de la luz del sol en eclipse- acecha, punza, aprieta, raja lo que debiera ser un fugaz pero punto cierto donde se concentran colores, juegos de luz, aleteos, revoloteos… Y todo, repito, con palabras a las que por más que exprima, someta a pruebas, engruese o afine, se quedan cortas, hacen lo que pueden, retroceden  y se resignan.

Otros hablarán de mi poesía. Poco y nada puedo yo ante ella, pero sí desde siempre tengo una sensación al leerla: hay en ella una visible acechanza. Lezama Lima hablaría de Adonai que sale del árbol y cuando intenta regresar, el jabalí se interpone. Yo, más modesto, veo un ave que se propone llegar hasta el polen y algo –visible o invisible, cierto o imaginado- no lo permite. El ave no llega a destino pero tampoco queda fulminada y cae, persiste en su propósito. Mi poesía habla siempre de un intento que alcanzará concreción más adelante, en un futuro cercano o no, en un momento indeterminado. Hasta aquí llego. No avanzo porque no puedo hacerlo. O sí, tomo de Lezama Lima, una idea, que no profundizo por cuestión de propia miseria intelectual: cada poema como laberinto elaborado por la araña a la espera de visitación. Poemas que, en cantidad no grande, para no abusar del lector y su paciencia, conforman un libro que, como todo libro, conforma un poliedro. No de infinitas caras, de algunas varias caras. Cada cara, una interpretación. Ninguna de ellas la definitiva. El poliedro como sólido que se sospecha pero que jamás se presenta a la vista. Hay que conformarse con una sola cara, hablo tanto del lector como de mí. Es más, como autor tal vez debo conformarme con menos todavía. Una idea que en mí resulta de vieja data: el libro soñado, sólido ideal, de cristal y por ello transparente. El Libro perfecto. Este libro, finalmente, como todos, de madera, rústico, al que resulta imposible ver del otro lado. El libro, a medio camino, imperfecto. Lo poco que se consigue luego de tanto esfuerzo, de tantas destilaciones, de tantas vigilias.

A menudo me pregunto cuáles son mis raíces. Pienso –salvando enormes distancias entre su caso y el mío- en Poe. Por una pluralidad de razones el querido Edgar Allen Poe se mantuvo aislado, en un lugar de inmensa soledad- de la corriente literaria de su tiempo sin ser arrastrado por ella ni él hacer el menor intento por sumergirse. Hablo de un tiempo –en el que vivió Poe- sometido a la más estricta moral puritana en el que no podía tener cabida su literatura ni su personalidad. Fue del otro lado del Atlántico, en uno de los hechos más extraordinarios de la historia de la literatura, gracias a un país, Francia, y a alguien llamado Charles Baudelaire. Si bien nací aquí, en Pergamino, y vivo desde hace años fuera de la ciudad, tengo la sensación de ser una rara criatura que carece de madriguera, que no puede decir este es mi lugar, mi lugar en el mundo. Viajé más en sueños que en la realidad –como prometió y cumplió mi padre literario, Julio Verne-, aunque viajé un poco –claro-, y tal vez mi lugar sea precisamente ese continuo, interminable viaje y no tal o cual lugar, aunque en uno de esos lugares yo haya nacido. Tal vez, como sostiene Rilke, mi patria haya sido la infancia, que perdí. Y, como sucede con tantos artistas y escritores, me haya pasado hasta hoy en busca de lo perdido. Y mi busca fue, es, auguro que será, la poesía. Traigo ahora el nombre de Max Ernst. En el mismo día del nacimiento de su hermana Loni, muere su papagayo rojo. Una circunstancia, que en otro espíritu, hubiese pasado desapercibido o hubiese sido recordado un tiempo y luego olvidado, en Max Ernst se transformó en un libro que relata una inmensa batalla, de características cósmicas, entre hombres y pájaros. Y, como si fuese poco, inventa un personaje, Loplop, de la que dice:… se trata de una criatura alada que se sitúa, como la fantasía, por encima del orden terrestre, permaneciendo puro a pesar de la corrupción moral y física de las almas y los cuerpos. Al principio de mi lectura les hablé precisamente de pájaros, y también de un eclipse. Y, tal la palabra que aparece en el título de mi libro, de pureza –que aparece en Ernst. Tal vez, como en el caso del ave, el final de esa pureza sea la muerte, el descubrimiento de la muerte, ante la cual nos hemos inventando ritos, ceremonias, conjuros, fármacos… y poemas. No recuerdo el momento exacto en que supe de la muerte. Estaba seguro, sí, que las mujeres no morían. Al revés de Poe –para quien las mujeres son siempre etéreas porque están enfermas y están destinadas a morir pronto-, yo creía –lo creí mucho tiempo- que las mujeres estaban exentas de muerte. Luego, ante la evidencia, me negué a ver a mi bisabuela muerta, un día de agosto –justo agosto, mi estación favorita, en mi mente la de los cielos más limpios, otra vez: más puros-. Cuando comencé a escribir poemas mi negación se transformó en rituales más o menos complejos de resurrección o existencias más allá de lo terrenal que mi lado racional pugna por combatir, opuestos que duran todavía. Y durarán. Porque somos más de uno. Como dice la cita que encabeza el libro conjunto con Victor Chab, “Materia desnuda” y que encontré en Sobre Nietszche. Voluntad de suerte, V., de Georges Bataille: Finalmente tengo más de un rostro. Trato de responder a mi inquietud acerca de mi situación en cuanto a mi oficio de escritor, repitiendo algo de José Agustín Goytisolo en un prólogo suyo a una colección de poemas de Lezama Lima: … sería pecar gravemente de modestia – cosa difícil para mí, puesto que soy muy orgulloso-… Soy orgulloso pero con un límite: la vanidad. Claro, se trata de una delgada línea y, a veces, pierdo noción de qué lado estoy. Debe ser, me digo y les digo, mi orgullo que me llevó a persistir en el mismo camino, a no prestar atención a los cantos de sirenas de la moda, a oír a mis voces interiores que, se lo conté muchas veces a los amigos, mi cabeza loca imagina una voz exterior, de duende, que me deja el primer verso y me obliga a la ardua tarea de completar el poema. Así, llegué a los 60. 61, para ser exactos. Como quien no quiere la cosa, llegué a los 61. Nombro por última vez a Poe: murió a los 41. No se trata de números, claro, pero él hizo lo que hizo, desde la ruptura con su padre adoptivo hasta su trágico final, en medio de privaciones indecibles, en poco más de veinte años. Ni hablemos de Rimbaud. A veces me detengo y me pregunto: ¿es esto todo lo que logré hacer? Y mi orgullo cede por un momento, siento vergüenza, me siento ante el papel en blanco y alcanzo lo que supongo una victoria y, ya se los dije, se trata de otro fracaso. O de una victoria pasajera, sensación que se esfuma enseguida. Lo digo de una vez: poco, casi nada, insuficiente, irrelevante, con más figura de vestigio que de apoyatura. Es el orgullo, que regresa para sostenerme, lo que impide que en mitad de la calle me vuelva sombra y luego me evapore.

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Muñíz, Buenos Aires, 2016.

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