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Presentación del libro 
Cita en la Espesura
de Liliana Díaz Mindurry

Novela de Baltasara Editora
Ganadora de la Convocatoria Editorial 2016 

en el Café Monserrat, 
San José 524, 
CABA 
Martes 4 de octubre 
a las 19hs.

Presentación y entrevista
de Gabriel Guralnik

Intervenciones especiales 
de Soledad San Emeterio, Candelaria Frias
y Eugenio Polisky


Fragmento del primer capítulo de la novela Cita en la espesura de Liliana Díaz Mindurry:

«Porque ya son las tres menos cinco. Y porque también es el cielo embrutecedor del verano. Acalorada sí, porque venís de bien lejos, has tomado una lancha ronroneante desde una de las islas, y luego el aburrido tren hasta Retiro, más la combinación de subterráneos, el C y el A. Viaje que repetiste tantas veces este último año. Y es que, incluso antes de llegar a la casa geométrica, como la llamás, habías pasado previamente por la iglesia de Santa Nosecuánto, lo habías hecho deliberadamente, y de allí habías visto salir a un personaje negro de ésos que no soportás y habías tenido que desviar la cara por la repulsión. Había (incluso desde la calle, te pareció) un olor a viejo, a fiebre, a pantano invisible creciendo en su biblioteca. Uno de esos lugares donde hay luz eléctrica hasta en el mediodía. Pensaste en lujos fúnebres o en esas ciudades crepusculares, ciudades de repente surgidas en las islas del Tigre de tus sueños, cuando la realidad se te ablanda: tuviste que caminar rápido y mirar el suelo. Dos cuadras a la derecha y una a la izquierda hasta llegar: es una calle sola como un patio cualquiera en el sueño de la siesta, plátanos, casas bajas en el oeste de Buenos Aires, domingo, un auto adormecido sin nadie, ningún negocio, sólo vos dando vueltas sin decidirte, mirando detenidamente una de las casas de esa calle, la que tiene ventanas que muestran vitrales dorados y geométricos donde se ve apenas un zaguán gris, pero penumbroso y fresco. Sin atreverte a nada. Al lado de la casa te sobrecoge un baldío lleno de latas y desperdicios y preferís no mirarlo. La casa parece un sistema organizado frente a la maraña del caos. Como si ese baldío contuviera una posible aberración animal junto a una precisa geometría de la superioridad humana. No podés dejar de hacer siempre esas comparaciones: inventás que todas las cosas son símbolos, metáforas de otra cosa. Se lo comentaste a Raquel, tu madre y se rió. Dijo: “pero qué estupideces se te ocurren».

«Te molesta eso: tus pensamientos. Necesitarías ser simple, lineal. Dejar falsas profundidades, malezas, junglas y como te decía todo el mundo: “al grano, Pilar”. Buscar el camino recto, sencillo, pragmático. Pero una vez se entra en determinados espacios, no hay regreso...».



En el prólogo de la novela Cita  en la espesura de Liliana Díaz Mindurry, escribe Gabriel Guralnik:

«Hay un cuadro que representa el mismo salón donde está colgado, en forma exacta, con todos sus detalles. Refleja todo, menos la imagen de quien está sentado en el centro del salón y se busca, inútilmente, en el cuadro. Como el mapa de un tesoro donde todo pareciera estar señalado, menos el tesoro. Ese extrañamiento es, en sí mismo, el primer indicio del tesoro.

Pilar llega a la casa de Silvio y no parece estar buscando un tesoro. A menos que el límite entre lo geométrico y lo amorfo, el agua clara y el barro, la cordura y la locura, sea un tesoro. Marcos, el ausente, está todo el tiempo con ellos. El juego de triángulos se reproduce en cada pasaje del relato, como si el relato mismo dibujara los ángulos. Los colores –rojo, negro, dorado- los libros que son colores –Agustín, Platón, Kierkegaard- el infinito que son libros que son colores –biblioteca, acuario, barro- dibujan también un cuadro, donde quien se escurre del dibujo no es ya Pilar, sino el deseo mismo.

Las imágenes triangulares se entrelazan unas en otras, unas con otras, a través de un plano donde el bien y el mal también se entrelazan. La segunda persona del singular interpela al protagonista, pero también al lector. El contrapunto del diálogo, cuando aparece en segunda persona, golpea al lector, aunque vaya dirigido al protagonista. El ritmo del relato, vibrante, con cambios de velocidad precisos, obliga a no despegar los ojos del texto hasta el final.

Y es que el misterio atraviesa la novela hasta el último párrafo. ¿Quiénes son Pilar, Silvio y Marcos? ¿Quién disparó los tres tiros? ¿Quién arrastró a quién hacia el homicidio? En la intriga los personajes van formando un dibujo donde lo triangular se vuelve una ordalía de vértices opuestos. La violencia es la paz, la geometría es el caos, el grito es el vacío. La familia de Pilar también parece estar allí, con ella y Silvio, dando cuenta de una historia, de una trama que no pertenece a quien la vive. La defensa inútil del boxeador vencido, el saber vacío de la bióloga autoritaria, la espesura como última barrera de protección frente al miedo, frente a lo indecible.

Pero también como parte de lo indecible. Porque la espesura es el abismo indistinto del que nacen las palabras. Es el agua y son las palabras y es el silencio y es el barro. Es el juego de opuestos que se funden y es el espacio entre los lados del triángulo. En esa realidad que se ablanda, que se contamina de palabras, Pilar busca un recuerdo acaso fundamental, que por alguna razón olvidó. Y lo busca con Silvio, o a pesar de Silvio, o contra Silvio. Las imágenes cambian su orden, y en cada permutación revelan algo nuevo. Marcos, el ausente, se insinúa como el operador de la permutación.

Hay narraciones que son como el mapa de un tesoro, donde cada detalle está señalando ese tesoro que se anuncia desde el inicio mismo de la historia. En otras, más sutiles, no hay flechas indicando burdamente dónde se encuentra lo que se busca. El plano muestra todo, menos el tesoro. Se genera entonces una búsqueda, un recorrido que obliga al lector a seguir, a crear con la lectura, y el tesoro aparece en los rincones menos pensados del plano. Porque el plano es el tesoro. Quien logra crear ese relato, es algo más que un escritor. Algo más, acaso, que un poeta. Muy pocos narradores, de tanto en tanto, lo consiguen. Liliana Díaz Mindurry lo consigue siempre».



LILIANA DÍAZ MINDURRY, Escritora, abogada, narradora, poeta y crítico argentina, nacida en Buenos Aires, Argentina, el  12 de junio de 1953. Obtuvo la licenciatura en derecho en la Universidad de Buenos Aires, donde había enseñado, entre 1973 y 1974, filosofía del derecho. Durante la dictadura militar, se vio obligada a huir a Francia; donde permaneció durante siete años, hasta la restauración de la democracia en la Argentina. Desde entonces, se ha dedicado exclusivamente a la escritura. Dirige el grupo literario Malosayres. Desde 1989, ha coordinado talleres literarios, en diversas instituciones; y, desde mediados de 1980 ha venido publicando constantemente, apoyada en una narrativa personal de fuerte tono poético. Se la ha traducido al alemán y griego. Y algunos de sus poemas han sido publicados en Medellín, Colombia, y en Salzburgo, Austria. PREMIOS: Faja de honor 1989 y 1992, de la Sociedad Argentina de Autores; Premio Juan Rulfo, en 1993 y 1994; Primer Premio Municipal de Buenos Aires, en 1991; Primer Premio, Embajada de Grecia, en 1990; Premio Fundación Antorchas, en 1991; Primer Premio, Fondo Nacional de las Artes, en 1994; Premio Planeta de novela, 1998; Premio Centro Cultural de México. OBRA PUBLICADA:  Buenos Aires, ciudad de la magia y de la muerte 1985; La resurrección de Zagreus 1988; La estancia del sur 1990; Sinfonía en llamas 1990; Paraíso en tinieblas 1991; En el fin de las palabras 1992; A cierta hora 1993; Retratos de infelices 1993; Wonderland 1993; Lo extraño 1994; Último tango en Malos Ayres 1998; Lo indecible 1998; Pequeña música nocturna 1998; Summertime 2000;  Hace Miedo Aquí 2005; Armar un Cuento, 2005; en colaboración con Laura Massolo; La maldición de la literatura, 2012; Cazadores en la nieve, 2014; El que lee mis palabras está inventándolas, 2014. 

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